Don Juan en vísperas del olvido.

Texto: Mario Virgilio Montañez. Diario Sur. 01.11.2009.

Cada 1 de noviembre, además de los ritos funerarios de dejar flores en los cementerios, sin poder obviar con un poso de culpabilidad el verso becqueriano de «¡Qué solos se quedan los muertos!», o el consumo compensatorio de buñuelos, huesos de santos y panellets, una tradición languideciente lleva a que en esa fecha, víspera del día de difuntos que realmente es el día 2, se represente en los teatros el drama “Don Juan Tenorio” de José Zorrilla. Antes de que la celebración detestable del Halloween norteamericano termine de barrer este hábito español, justo es recordar al personaje de Zorrilla junto con sus ilustrísimos, casi abrumadores, precedentes y sus sorprendentes herederos. Un viaje por un mito de la cultura española, y universal, mientras «los muertos se filtran por las paredes».

El enorme éxito popular de la obra de Zorrilla, escrita en veinte días según relataría su autor en 1880, treinta y seis años después del estreno, cimentado sobre la cita anual de sus representaciones, el efectismo de los versos que parecen escritos expresamente para ser recordados y la eficacia dramática del conjunto, hacen de esta obra quizás la segunda más conocida por todos los españoles. Hagan la prueba. ¿Quién no recuerda el inicio del Quijote cervantino? ¿Quién no es capaz de proseguir el verso «¿No es verdad, ángel de amor…?» de la escena del amoroso diálogo entre Don Juan y Doña Inés. Obviamente, la apabullante unanimidad en recordar los dos pasajes no supone el conocimiento, por vía de lectura, de ambas obras. Pero delata la fama imperecedera de ambas.

Llamado por su autor «drama fantástico-religioso», una combinación que efectivamente es, el Tenorio es un juego a tres bandas en el que, según Juan Pablo Fusi y según el punto de vista del público de la época de Zorrilla, los contendientes son la masculinidad en su versión más agresiva, la pureza y espiritualidad del amor femenino y el arrepentimiento y capacidad de redención del héroe. El personaje de Zorrilla, de verbo rápido, agudo, ingenioso y afilado como una espada toledana, queda autodefinido en una tirada de versos que dejan muy clara la catadura casi maléfica del mismo: «Por dondequiera que fui / la razón atropellé, la virtud escarnecí, / a la justicia burlé, / y a las mujeres vendí. / Yo a las cabañas bajé, / yo a los palacios subí, / yo los claustros escalé, / y en todas partes dejé / Memoria amarga de mí. / No reconocí sagrado, / ni hubo ocasión ni lugar / por mi audacia respetado; / ni en distinguir me he parado / al clérigo del seglar. / A quien quise provoqué, / con quien quiso me batí, / y nunca consideré / que pudo matarme a mí / aquél a quien yo maté». Los azares de su arrogancia y perdición es mejor conocerlos a través del libro. No se arrepentirán del consejo. El tardío Romanticismo español tal vez tenga en Zorrilla su mejor representante. En todo caso, nuestro siglo XX así lo reconoció cuando en 1889, en Granada y en el que sería el último acto público del autor, fue coronado solemnemente como poeta nacional ante 140.000 personas.

Da que pensar que nuestra literatura haya dado dos modelos literarios que han dejado huella en las lenguas europeas. Uno es Don Juan; el otro, la alcahueta Celestina. El origen del mito, aunque se ha especulado con su cuna en Italia, Alemania o el mundo pagano, es española. Kierkegaard, ante la duda, generalizó: «Nadie sabe exactamente en qué momento apareció la idea de Don Juan. Lo cierto es que pertenece al cristianismo». A falta de mayores datos, se da como acuñador de la figura literaria a Tirso de Molina con su comedia “El burlador de Sevilla y convidado de piedra”, escrita hacia 1615-1620, que a su vez pudo haber tomado como referentes reales al pecador arrepentido Miguel de Mañara, o puede que a un Cristóbal Tenorio, seductor de una hija de Lope de Vega, o el burgalés Bernardino de Obregón, el sevillano Juan Tenorio o ese otro pecador compungido que fue Jacobo de Gracia y que ha pasado al callejero con el nombre de Caballero de Gracia.

Pero tampoco Tirso fue original. En el caso de que Tirso fuera el autor, pues se baraja la posibilidad de que fuera el oscuro actor y dramaturgo Andrés de Claramonte, a quien se le atribuyen diversas obras de autores tan principales como Lope. Como si fuera una versión española de Shakespeare, este actor y poeta fue el autor de una obra representada en 1616, “Deste agua no beberé”, en la que se anuncia ya el personaje que conoceremos poco después como Don Juan Tenorio. Aparte de su posible inspiración en tal o cual persona, hay fuentes literarias para su comedia germinal del personaje de Don Juan: la comedia mitológica “El infamador” (1581) de Juan de la Cueva, la comedia “El rufián dichoso” de Miguel de Cervantes y “Dineros son calidad” de Lope de Vega. También en la época corría un romance popular por el que transita la irreverente sombra de Don Juan: «Para misa iba un galán, / caminito de la iglesia; / no iba para oír misa, / ni para estar atento a ella, / que iba para ver las damas, / las que están guapas y frescas…».

Pero Tirso o Claramonte tampoco será el antecedente único de Zorrilla. El poeta-funcionario Antonio de Zamora escribió en 1714, ya al final de su vida, el drama ‘No hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague y convidado de piedra’, que retoma el personaje de Tirso y lo hace menos declamatorio y más real. Es un personaje que tiene a sus espaldas «dos o tres muertes / sin motivo, y otras tantas / clausuras rotas por sólo / un quítame allá esas pajas». Con un sentido del honor calderoniano, este Don Juan se distingue, según Valbuena Prat, por «el valor personal llevado al orden vulgar del matonismo, de la chulería». En todo caso, este Don Juan, que tiene estrecha relación con la ópera posterior de Mozart, tuvo gran éxito y antecedió al drama de Zorrilla en la tradición de su representación anual al inicio de noviembre.

La catarata de Tenorios que parten de Tirso o de Zamora es incesante: en Italia ya en 1650 hay una versión de Tirso, “Il convidato di pietra” de Giacinto Andrea Cicognini, con un Don Juan especialmente violento y en 1730 otra de Carlo Goldoni; en Francia, Moliére aporta su contribución en 1665 con una tragicomedia situada en Sicilia y que hizo que el Don Juan francés fuera acusado de apología del libertinaje.

La versión inglesa de nuestro seductor llegará en 1819, cuando Lord Byron da un aldabonazo con su “Don Juan”, un largo poema del que compuso 17 cantos y que dejó inconcluso un año antes de su muerte. En él, con una carga irónica considerable, presenta al libertino como un hombre que sólo es víctima de la seducción que sobre él ejercen las mujeres. A ratos farragoso, hay quien incluye este poema entre lo mejor del inglés.

En la Alemania romántica, Christian Dietrich Grabbe enfrenta en un drama a Don Juan con el gran mito germano, Fausto, y en Rusia Pushkin lo devuelve a las tablas en la tragedia “El convidado de piedra”, y también Tolstoi lo hará protagonizar el drama en verso “Don Juan”.

La sucesión de versiones del personaje es agotadora y fructífera, debiéndose poner en un lugar excepcional el ensayo que Gregorio Marañón, “Don Juan y el donjuanismo” (1940): E. T. A. Hoffmann, Charles Baudelaire, Prosper Mérimée, Alfred de Musset, George Sand, Alexandre Dumas, Guillaume Apollinaire (una versión porno del mito, delirante y grotesca), Edmond Rostand, Henry de Montherlant, Thomas Shadwell (nada menos que en 1636), George Bernard Shaw, Derek Walcott, Max Frisch, Peter Handke, y en la península ibérica una abrumadora nómina desde el Romanticismo, con José de Espronceda, López de Ayala, Azorín, Unamuno, los hermanos Machado y los Álvarez Quintero, Valle-Inclán (¿acaso no es el marqués de Bradomín un Don Juan sentimental y feo y católico?), Gregorio Martínez Sierra, Jacinto Grau, Ramón J. Sender, Gonzalo Torrente Ballester, Vicente Molina Foix, José Luis Alonso de Santos, José Saramago.

Aunque el gran logro escénico de Don Juan Tenorio está datado hace ahora 60 años, cuando Dalí estrenó, en el madrileño teatro María Guerrero, su puesta en escena surreal del drama de Zorrilla, es el del cine el ámbito en que mayores transformaciones ha vivido nuestro personaje. Este languideciente octubre, Carlos Saura ha presentado en el Festival de Cine de Roma su último trabajo, “Io, Don Giovanni”, en el que indaga sobre la creación de la ópera “Don Giovanni” de Mozart a través de la figura del libretista Lorenzo da Ponte y con la inclusión del trasunto de Don Juan que fuera Giacomo Casanova. El mito, pues, sigue vivo. Como también lo ha estado a través de productos como “Broken Flowers” (2005) de Jim Jarmush, en la que Bill Murray es un Don Juan tardío y gastado que se llama Don; la defraudante “Don Juan de Marco” (1995) con Marlon Brando y Johnny Depp; la visión esteticista de Gonzalo Suárez en “Don Juan en los infiernos” (1991); la cuestionable y cómicamente irritante película de Antonio Mercero “Don Juan, mi querido fantasma” (1990); la reversión del personaje que fue “Si don Juan fuera mujer” (1973) de Roger Vadim con Brigitte Bardot en la piel suave del personaje; la peculiar visión de Ingmar Bergman que llevó el mito al cine con “El ojo del diablo” (1960) y al teatro con su propio drama “Don Juan” (1955), la encarnación desaforadamente encantadora del personaje por Errol Flynn en “El burlador de Castilla” (1948) y por Douglas Fairbanks en la que fue su última película, “La vida privada de Don Juan” (1934). Como curiosidades, queda la película “Don Juan”, en la que encarna al seductor sevillano John Barrymore y que en 1926 incluía elementos sonoros anticipándose al hito de la historia del cine que sería después “El cantor de jazz” con Al Jolson, y las adaptaciones del más rancio y olvidado cine mudo.

La ópera “Don Giovanni” (1787), de Mozart, cuya génesis es fabulada por Saura, constituye la mejor derivación estética del mito español. Por encima incluso de la aportación de Lord Byron. Porque la ópera mozartiana figura siempre en la lista de las óperas más amadas por cualquier melómano, por cualquier aficionado al género.

Plena de momentos luminosos (el lirismo amable y tierno del “Là ci darem la mano”, la travesura escandalosa del “Madamina, il catalogo è questo” o la ferocidad luctuosa del número final, “Don Giovanni, a cenar teco m’invitasti”) y de un leit motiv ominoso que surge en la perfecta obertura y estalla en los minutos finales, es una cumbre absoluta de la cultura universal.

La adaptación cinematográfica de Joseph Losey, de 1979, a fuerza de respetar estrictamente música y libreto, llevando al lenguaje cinematográfico lo creado por Da Ponte y Mozart, consigue trasladar la genialidad de la obra y el malditismo del personaje.

En el ya lejanísimo año de 1925, el crítico José Luis Menéndez se hacía eco de unas palabras ajenas, de Fernanflor, el periodista Isidoro Fernández Flores, para avisar de la trascendencia nacional del personaje: «El día en que anunciándose el Don Juan Tenorio esté vacíos los teatros, España habrá llegado a su completa civilización; pero no será España». Miren la cartelera teatral. ¿Falta algo? Pues eso.



Categorías:In Memoriam

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