100 años del nacimiento de Gabriel Celaya.

Se cumplen cien años del nacimiento del poeta y ensayista Gabriel Celaya. Hace justo un siglo nacía en Hernani, en “La Villa”, una casa de campo familiar, muy cerca de San Sebastián, ciudad ésta que será determinante en su vida y obra. También próximamente, el 18 de abril, se cumplirán 20 años de su fallecimiento en Madrid, ciudad a la que llega en 1927 a estudiar ingeniería industrial y a vivir el mundo abierto (en todos los órdenes) de la Residencia de Estudiantes, donde se orientará a la pintura y, con carácter definitivo, a la escritura mientras convive con García Lorca, entre otros, y asiste a encuentros con Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset y Unamuno, además de con escritores y compositores europeos. Y será en Madrid donde, junto con Amparo Gastón, fije su domicilio a partir de 1956, en la calle Nieremberg, uno de los espacios frecuentados por miembros del PCE y opositores al régimen de Franco.

En el arco de esos ochenta años y en los espacios de esas dos ciudades, se despliega el desarrollo de la vida de un escritor vasco cordial y solidario y, muy especialmente, de una obra intensa y extensa que se aproxima al centenar de libros, entre los de poesía, narración, teatro y ensayo, si bien sobresalen los cincuenta y tres de poesía, una poesía que, desde la aparición de su primer libro, Marea del silencio, en 1935, y hasta la publicación del último, Orígenes / Hastapenak, en 1990, cristaliza genuinamente los más diversos modos poéticos del fecundo y complejo siglo XX, aunque el poeta persiguiera siempre con los mismos alcanzar un estado de conciencia que le permitiera romper la cerrada conciencia del yo individual y conseguir otra más allá de la que normalmente nos gobierna, según decía. A un proyecto así de comunicación -“poesía eres tú”, escribía-, de conocimiento – la poesía es mostración de lo real, afirmaba- y de acción poéticos -aspiraba a escribir una poesía que sirviera de instrumento de transformación de la conciencia- dedicó su vida entera.

Las buenas formas de su poesía, esto es, las estética y comunicativamente eficaces formas se nutren en buena medida de las ideologías estéticas de humana raíz que comenzaron a aflorar en los años previos a la República. Ahí quedan el vitalismo neorromántico de sus libros primeros; sus vanguardistas exploraciones poéticas, en especial las de estirpe surrealista; sus versos movidos por una, no pocas veces fallida, aspiración al logro de la simplicidad poética; los coloquiales poemas que, firmados por Juan de Leceta, arrastran vivencias y situaciones agónicas de su propia vida plenos de existencialismo; la apertura a los otros y el despliegue de lo social, del aquí y del ahora, en algunos de sus más conocidos libros escritos al modo realista y de espaldas a todo perfectismo poético, además con recto propósito político y de transformación de conciencia, tales como Cantos íberos.

Y ahí quedan también ciertos momentos en su poesía de nihilismo, búsqueda y experimentación visual, además de la etapa última que él denominara como la de su poesía órfica.

Ante tal legado (tres voluminosos tomos de Poesías Completas y uno más de Ensayos Literarios), ante tanta generosidad creadora y ante la gran lección antiautoritaria y liberadora de su obra, amén de ante su abierta lucha por la recuperación de las libertades en la peligrosa noche oscura del franquismo, cabe no sólo nuestro recuerdo en su centenario, sino, sobre todo, el homenaje de nuestra atenta lectura de tan plural obra que, por razones que tal vez tengan que ver con ciertos límites críticos, ha tenido y tiene que soportar un tópico que la reduce y por ello mismo caricaturiza. El atento lector lo sabe. Gabriel Celaya no es sólo el poeta social y el autor de un poema a todas luces memorable (de hecho muy recordado y citado) como el titulado “La poesía es un arma cargada de futuro”. Celaya es ese poeta y mucho más. Es de hecho un poeta mutante y desdoblado en voces heteronímicas hasta el punto de ser conocido antes por uno de sus nombres literarios (Gabriel Celaya) que por su propio nombre civil, Rafael Múgica. Es esos poetas, además del deslenguado Juan de Leceta, con el que aporta al discurso de la poesía en nuestra lengua la rica veta de un coloquialismo hecho, sin ningún género de duda, poesía. Por eso, en su caso al menos, no puede hablarse de prosaísmo como defecto literario sino como recurso poético, por otra parte de gran eficacia extrañadora y fuente de turbadora belleza. Es además un poeta al que no le son ajenos los recursos dramáticos en poesía como ponen de manifiesto sus numerosas cantatas.

Es probable que haya llegado el tiempo (la celebración del centenario puede servir de pretexto para ello) de estudiar sin reduccionismos los distintos modos poéticos que ensayara, así como de analizar la trama y lógica de sus argumentos y reflexiones ensayísticos, tan esclarecedores y abiertos como no pocas veces contradictorios, que lo convierten en un poeta filosófico y en un teórico de la poesía (Inquisición de la poesía, de 1972, es su libro más representativo en este sentido) que enriquece el horizonte de nuestro pensamiento literario y nos provee de instrumentos con los que comprender el hecho poético en relación con su autoría, su discurso, su recepción lectora y funcionamiento social.

Mientras tanto, abramos alguno de sus libros y, verso a verso, celebremos su memoria.

Celaya, mutante y desdoblado.Texto: Antonio Chicharro. El Cultural.es. 18.03.2011.



Categorías:In Memoriam

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