150 aniversario del nacimiento de Henri de Toulouse-Lautrec.

Hoy se conmemora los 150 años del nacimiento de Henri de Toulouse Lautrec, el famoso cartelista y pintor, que tuvo un pasado noble y que destacó por su representación de la vida nocturna parisiense de finales del siglo XIX. Lejos de pintar al aire libre los paisajes que caracterizaban a los impresionistas, Henri de Toulouse Lautrec se escondía en las sombras de la noche de locales nocturnos como fueron el Moulin Rouge, el Salon de la Rue des Moulins, el Moulin de la Galette, Le Chat Noir y el Folies Bergère. Fue amigo de Vincent van Gogh y vecino de Degas. Su agitada vida social lo llevó al alcoholismo y a una temprana muerte en Saint-André-du-Bois. un 9 de septiembre de 1901, a la edad de 37 años.

 

Cuando Henri de Toulouse-Lautrec murió a la edad de treinta y seis años, en 1901, tras una vida profesional que no alcanzó las dos décadas, había concluido 737 pinturas, alrededor de trescientos grabados, 5.084 dibujos y 275 acuarelas, según se consigna en su catálogo razonado. Esto contradice la leyenda que se ha forjado sobre el artista “genial” que desaprovechó su talento, dejándose llevar al abismo por una vida licenciosa, marcada por los excesos de alcohol. Se ha puesto demasiada atención en su breve, turbulenta y autodestructiva existencia y en sus desgracias físicas que, sin duda, influyeron en su estado psicológico. Sin embargo, habría que poner mucho más atención a su legado artístico – profuso y exuberante –, que lo ha hecho merecedor a un lugar privilegiado entre los precursores del arte moderno de fines del siglo XIX. Toulouse-Lautrec fue un creador cabal, un visionario que plasmó la extraordinaria crónica visual de un sector de la sociedad francesa de la Belle Époque a través de una obra que destila autenticidad y sinceridad, sin incurrir en el juicio moral, en símbolos o mensajes, ni en el sentimentalismo de muchos de sus contemporáneos. Lautrec vivió y pintó como quiso, sin importarle las modas ni el reconocimiento de la crítica. Fue un creador excepcional por su originalidad y por su audacia expresiva. A ciento cincuenta años de su natalicio, merece la pena hacer un recorrido por los entresijos de una creación marcada por los claroscuros del alma de los personajes que inmortalizó y que son el vivo espejo del núcleo bohemio parisino en el que eligió vivir.

Henri Marie Raymond de Toulouse-Lautrec nació en Albi, Francia, en la región de Mediodía-Pirineos, el 24 de noviembre de 1864, en el seno de una familia de larga tradición aristocrática. Sus padres eran primos hermanos y ostentaban el título de condes de Toulouse. Henri fue el primogénito y tuvo un hermano cuatro años menor, que falleció a la edad de un año. Al poco tiempo, sus padres se separaron y él se trasladó a vivir con su madre a París. A los diez años comenzó a manifestar una enfermedad genética, consecuencia de la consanguineidad de sus padres, que afecta irremediablemente el desarrollo de sus huesos. Esta es la causa de su corta estatura – alcanzaría apenas 1.52m – y de la marcada desproporción en su complexión física, que lo convirtió en un personaje grotesco. Adicionalmente, sufrió dos fracturas en los fémures de ambas piernas a los catorce y quince años, que lo confinaron a permanecer casi inválido durante un par de años. En ese encierro desarrolló su interés por el dibujo y la pintura y, ya sobrepuesto, en 1881, recibió las primeras lecciones formales al lado del pintor Léon Bonnet quien, poco después, cerró su estudio y Lautrec pasó al taller de Ferdinand Cormon. Aunque en su inicio recreó su mundo circundante a través de escenas ecuestres y algunos tópicos históricos, muy pronto se interesó por los temas urbanos que exploró y explotó hasta el fin de sus días. Siempre reconoció públicamente su admiración por Degas y sus pinturas relacionadas con el baile y el circo y, a través de éste, sin proponérselo, se vincula al neo-expresionismo.

A pesar de trascender como “pintor de la vida moderna” no le interesó recrear aspectos de la revolución industrial o comercial de su tiempo. Su pasión se desbordó en la exploración de la vida nocturna del barrio de Montmartre, que en esos años era el hervidero artístico e intelectual de la ciudad considerada capital del mundo. Ahí encontró la atmósfera y los personajes idóneos que fueron su fuente de inspiración a lo largo de su corta pero intensa vida.

A partir de la Tercera República (1870), Francia había alcanzado un cierto nivel de crecimiento económico y el capitalismo y la industrialización transformaron la economía del país y las vidas de sus habitantes. El nuevo régimen político permitió a la adinerada burguesía francesa desplazar a la antigua aristocracia en cuanto a poder e influencia. El barrio de Montmartre, ubicado fuera de los límites de la ciudad y originalmente habitado por la clase trabajadora, se convirtió en el núcleo de la vida bohemia con la aparición de cabarets, cafés cantantes, salones de baile y tabernas, cuya atmósfera más relajada y permisiva contrastaba con los elegantes y rígidos centros de entretenimiento de la ciudad. En 1876 se inauguró el famoso cabaret Moulin de la Galette, inmortalizado en el espléndido lienzo festivo y luminoso de Renoir, y posteriormente recreado por Lautrec. El mundo de la farándula apasionó al pintor, que se convirtió en cliente asiduo de los cabarets donde admiraba las intrépidas coreografías de las bailarinas de chahut (versión popular del cancán), y los músicos y cantantes populares que evocaban los placeres y las tragedias de la pobreza, a la vez que insultaban a los clientes elegantes que llegaban de los barrios finos por una cierta nostalgie de la boue (nostalgia por el fango), como se llamó entonces a la curiosidad de la alta burguesía por las diversiones de los proletarios. Quizás esto fue lo que impulsó a Lautrec a realizar sus incursiones por los bajos fondos parisinos que, de alguna forma, también el artista despreciaba, pero que le permitió una vida cómoda sin preocuparse por la venta de sus obras para su sustento. En una de las numerosas cartas que se conservan del pintor, y que han sido la fuente más rica para la interpretación de su vida y obra, expresa que él fue “descubierto” no por un crítico, no por un galerista, sino por un actor: Aristide Bruant, célebre cantante que comisionó a Lautrec en 1892 la realización del cartel promocional para su presentación en el elegante cabaret Les Ambassadeurs en los Champs-Élysées. Esta obra emblemática marcó el inicio del diseño moderno del cartel que, en su momento, fue refutado por el público en general. Inclusive el dueño del establecimiento lo rechazó por considerarlo una aberración, en tanto que Bruant lo amenazó con cancelar su presentación si el cartel no era colocado en todas las calles de París. ¿Qué fue lo que causó tanto revuelo en esta obra, que a nuestros ojos aparece tan sencilla e inofensiva? Precisamente, su aparente sencillez y economía de formas y colores apuntan la gran audacia del genio creativo que inauguró un discurso expresivo sin precedentes, recurriendo al poder de la síntesis extrema. Gran conocedor y admirador del género artístico llamado Ukiyo-e (estampa japonesa), Lautrec adoptó una paleta restringida y la utilización de colores planos y puros, la ausencia de perspectiva y el grueso contorno negro, elementos que estarán presentes en toda su obra. El resultado es una obra maestra que ejemplifica la capacidad de síntesis que hace patente la fuerza y el atractivo del personaje en unos cuantos trazos y colores.

Un año antes había realizado otro cartel hoy emblemático para el Moulin Rouge, cabaret donde encontró su mayor fuente de inspiración por sus inigualables bailarines: La Goulue (La Glotona) y Valentin le Desossé (Valentín el Deshuesado), figuras protagónicas de este afiche y de otras obras. Lautrec se embelesó con los movimientos frenéticos de las bailarinas lanzando sus piernas al aire, en sintonía con los movimientos sinuosos de crinolinas, y los aprovechó para recrear la atmósfera festiva de los locales y su clientela variopinta. Mucho se ha discutido si se debe entrever una crítica social implícita, sobre todo en sus pinturas, aunque el artista no dejó testimonio de que hubiese sido su intención. A mi parecer la hay, aunque en forma velada.

Toulouse-Lautrec no fue el pintor diletante y frívolo como se le consideró en su momento. Aunque llevaba una vida de excesos en sus correrías nocturnas, se tiene noticia de que durante el día trabajaba intensamente, y se puede vislumbrar con claridad la evolución de su trabajo, que llegó a su punto culminante en la década de los noventa. Una de sus obras maestras es Entrenamiento de las novatas, por Valentín el Deshuesado (1889-1890), pintura que capta con inigualable frescura una escena en el Moulin Rouge, cuyo centro focal es el movimiento grácil y desenfadado de los bailarines. Al observar los rostros de los personajes en el fondo, se descubren sus rasgos caricaturescos, y llama especialmente la atención el personaje ubicado detrás de la bailarina, cuya faz cadavérica remite directamente a las máscaras del pintor expresionista belga James Ensor, que ya causaban revuelo por ese tiempo. Aparecen constantemente en sus pinturas y grabados – y sobre todo en sus ilustraciones para revistas y periódicos – esos rostros deformados y caricaturescos que bien indican que el autor lanzaba un comentario crítico en su obra.

Paralelo a sus recreaciones del mundo del espectáculo –cabarets, salones de baile, teatros y circos–, Toulouse-Lautrec pintó innumerables escenas en las Maisons closes (burdeles), donde encontraba las modelos ideales para representar el erotismo femenino con gran soltura y espontaneidad. Además de ser cliente asiduo y establecer relaciones sentimentales con algunas prostitutas, le gustaba instalarse a vivir por temporadas en las casas de citas; así consiguió recrear escenas de la vida cotidiana y la actitud desenfadada de las chicas de la vida alegre. Su impactante pintura Salón de la Rue des Moulins, considerada la más ambiciosa en el tema, arroja muchas incógnitas. Existen numerosos estudios previos, lo que indica que Lautrec exploró a fondo la composición. Es una escena de gran ambigüedad, en donde la actitud pasiva e inanimada de las señoritas provoca desasosiego. La tensión en la atmósfera se palpa en la incomunicación entre ellas, ausentes y ensimismadas en sus dichas y desdichas. Mujer subiéndose la media es un claro ejemplo del trazo libre y osado que caracteriza la técnica del pintor, a través de la cual logra imprimir a sus figuras movimiento y expresividad.

Los últimos años de Toulouse-Lautrec están marcados por su inevitable tendencia a la autodestrucción. Entre 1897 y 1899 sufrió un par de colapsos nerviosos, toda vez que su salud se vio afectada por la sífilis y seriamente agravada por los excesos del alcohol. Sus fieles compañeros de vida – su primo Gabriel Tapié de Céleyran y su íntimo amigo Maurice Joyant, también su promotor y biógrafo– dan testimonio de su comportamiento autodestructivo, diríase casi suicida. Tras haber sido internado unos meses en una clínica y luego de su aparente restablecimiento, Lautrec retomó el camino desenfrenado de los excesos y murió el 9 de septiembre de 1901, dos meses antes de cumplir los treinta y siete años.

Maurice Joyant, junto con la madre del artista, impulsaron la creación del Museo Toulouse-Lautrec en su ciudad natal, Albi, ubicado en un hermoso palacio episcopal del siglo XIII que alberga alrededor de mil obras del artista. En celebración de los ciento cincuenta años de su natalicio, se presenta actualmente ahí la exposición Toulouse-Lautrec/Maurice Joyant. El amigoel coleccionista con joyas poco difundidas del acervo de quien fue en gran parte el promotor de la gloria póstuma del artista. Otros museos importantes se han sumado al festejo, como el Kunst Forum de Viena, con la gran retrospectiva El camino hacia el Modernismo, el Museo de Bellas Artes de Budapest, con El mundo de Toulouse-Lautrec, y el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA), con El París de Toulouse-Lautrec: Grabados y afiches.

Lejos de ser el “pintor maldito” y el frívolo diletante que algunos de sus detractores criticaron en su época – sin que al artista eso le quitara el sueño –, Toulouse-Lautrec es una figura central entre los creadores vanguardistas. El pintor taciturno que sus contemporáneos no entendieron es, hoy en día y a nuestros ojos, uno de los grandes artistas que marcaron una época y cambiaron el rumbo del arte. Toulouse-Lautrec, hedonista a fin de cuentas, es el cronista por excelencia de la Belle Époque, y el poeta visionario que nos legó una magnífica crónica visual de su época.

Texto: Toulouse-Lautrec, el pintor poeta. Germaine Gómez Haro. La Jornada Semanal. 23 de noviembre de 2014 Num: 1029.



Categorías:In Memoriam

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2 respuestas

  1. Excelente homenaje
    Saludos

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