El Bono cultural.

Antonio Soler. Diario Sur. -18.01.09.

 

A los niños de dieciocho años les van a dar bonos culturales para que puedan ir al cine y a los museos, a los conciertos, a llenarse la mente y el pecho con algo que no sea la hamburguesa pasada de fecha que les ponen por la tele o el onanismo del ordenador. Hay algún agorero que ha criticado el bono de la Junta y le ha sacado punta al regalo, pero el niño o la niña de dieciocho años es un ser perdido y enfermo de narcisismo que tiende fundamentalmente a preocuparse por los grados de inclinación que debe llevar su gorra al salir a la calle o por cuál es el tono de carmín que más y mejor realza la frescura de sus labios, y cualquier cosa que venga de fuera y sea creación le viene bien para ir borrando su locura. Nosotros, cuando entonces, habríamos matado por un bono como éste, porque éramos puro secano, un campo mustio que abría la piel en busca de cuatro gotas de humedad para evaporar la nuestra, nuestra locura.

 

A los de entonces intentaban darnos la última catequesis y la última ración de espíritu nacional y a estos chavales les dan un concierto. Se ve que el progreso era esto. Darle orientación, posibilidad a la locura, al volcán, a lo que no se sabe y se anda gestando. Dicen que el bono es para quitar a los niños de la calle y la pastilla. Como si no se pudiera ir al cine empastillado para darle la vuelta a la película o al propio cine. La cosa no consiste en domar a la fiera, sino en darle alas, pista de despegue. Y eso donde mejor lo dan a esa edad es en los teatros, en las películas y los libros, en esa guerra. No se trata de acabar con el tumulto sino de darle ritmo y ponerle partitura para que luego suene en estéreo. Corazones de viento, apasionados, casi rebeldes, gente perdida.

 

Alejarlos de las consignas, las sectas y las bandas, que aprendan a distinguir entre manada y grupo, entre rebaño y sociedad. El gran salto cultural que esperábamos con la llegada de la democracia, aquel vértigo, no llegó nunca. Todo el empuje se nos quedó en una transformación de los valores culturales hacia la frivolidad. La industria le comió el terreno a la creación, el mercado al prestigio, el dinero a la rebeldía. Puede que ahora que circula menos dinero sea un buen momento para coger un mínimo de aliento, para hacerle el boca a boca a algún viejo valor, aunque sólo esté destinado a esas minorías escuálidas que se gestan en las penumbras de los cines y a la sombra de los libros y por ahí.

 

El bono de la Junta, esta cartilla de racionamiento cultural por valor de sesenta euros no le salvará la vida a nadie, pero puede servir para algo, porque nunca se sabe dónde está la espoleta de un pensamiento ni en qué momento se acaba de fraguar un carácter, cuál es la penúltima influencia para que una personalidad deje de tirar por el camino del embrutecimiento y derive hacia el de la curiosidad.

 



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