Brandes y Nietszche: un diálogo en la cima.

Texto: Augusto Isla. La Jornada Semanal. Domingo 25 de octubre de 2009. Num: 764.

Ya se sabe que antes de hundirse en las sombras de la megalomanía y verse como el más incomprendido de los hombres, como el crucificado, Nietszche se conformaba con unos cuantos lectores selectos: Jacob Burckhardt, Hyppolyte Taine, Richard Wagner… Uno de ellos, poco conocido pero brillante y certero, fue Georg Brandes (1842-1927). Este intelectual danés fue no sólo un lector del genio alemán, sino también su interlocutor; con él, sostuvo una amistad epistolar, amén de haber asumido con rara modestia el desempeño de difusor de su obra en Dinamarca. Y digo con modestia porque Brandes no era un cualquiera; contaba con un prestigio como estudioso del movimiento romántico y atrayente conferencista. Escribía en danés y en alemán, disertaba en francés. Pero sobre todo pensaba críticamente en los asuntos humanos que entonces estaban en el centro de los debates: el matrimonio, la propiedad, la monarquía, la Iglesia; instituciones éstas que, a su parecer, había que cambiar para respirar libremente. Como Nietszche, era un solitario, pero poseía un sentido del equilibrio que lo ponía a salvo de los vendavales furiosos que azotaban el alma del autor de Zaratustra: “Usted no se parece a mí, es otro y tan otro que no me siento tranquilo en su presencia”, le dice en una de sus cartas. Nietszche lo inquieta, pero no lo seduce; lo admira, pero toma su distancia: está a su altura. La correspondencia entre ellos discurre en un tú por tú; disienten pero se respetan: comparten el espacio de la élite de una Europa que pronto estallaría.

La correspondencia entre Brandes y Nietzsche, constituida por veintidós cartas, abarca poco más de un año, entre noviembre de 1887 hasta enero de 1889. Y transcurre en diferentes niveles: afectivo e intelectual; el primero nos revela a dos seres humanos interesados el uno por el otro: intercambian saludos corteses, buenos deseos, retratos; el segundo se despliega en una dialéctica concisa en la que uno y otro intentan autodefinirse y también definir cada uno a su interlocutor, ambos inscritos en “una época crítica para los valores morales”, con reacciones paralelas y al propio tiempo distantes entre sí. Brandes se antoja más abierto y generoso; el alemán, más cerrado, con la mirada más fija en su camino, más obstinado en su rebeldía, levemente desdeñoso pese a su provincianismo germano – Brandes es para Niezsche un “buen europeo y misionero de la cultura”. El danés, en cambio, busca puentes comunes: cesarismo, odio a los pedantes y a la pedantería; a veces pregunta sin obtener respuesta, pero ese silencio no obsta para que, en reconocimiento sincero del genio, lo difunda por los medios a su alcance –artículos, conferencias – en una Escandinavia que nada sabe acerca del exótico alemán.

Tal vez para asimilar lo que hasta entonces había bebido de las fuentes del genio, escribe un hermoso texto: Nietszche, un ensayo sobre el radicalismo aristocrático, que a Federico le agrada desde el título mismo, pues “es lo más fuerte que de mí se ha dicho”. Dos temas llaman la atención de quien fue apasionado adversario de todo “misionero moralizante”: la historia y la moral. Y su presentación del gigante transcurre más o menos así: la historia y, por ende, las civilizaciones que fragua, es obra de las grandes personalidades; son ellas las que le imprimen sus rasgos esenciales, su “unidad de estilo”, las que logran vencer el filisteísmo intelectual, ese yugo forjado por la doxa impersonal, guía de las masas, que no son sino copias defectuosas de los hombres sobresalientes, ánforas de resentimiento con respecto a todo lo que es genial. Por eso, la educación histórica no sólo es estéril, sino peligrosa, pues amén de consagrar la inerte mediocridad, es la ruina de las fuerzas creadoras, aunque no deja de ayudar a quien busca en el pasado ejemplos deslumbrantes que alientan la energía del hombre.

En consecuencia, la tarea de la humanidad no es atender la felicidad de los más u ocuparse del destino del rebaño, sino producir grandes hombres, abonar el terreno para la creación de personalidades donde habiten la bondad y la pureza, pues solamente ellas se constituirán en fermento de la elevación humana. Vástago de Schopenhauer, el autor de Ecce hommo se aleja de él tan pronto descubre que en el corazón de su ethos está la piedad cristiana, un ethos para esclavos, para quienes se suman al cúmulo del sufrimiento humano; por el contrario, los amos viven en libertad y en alegría: escriben su propia moral. Brandes asocia a Nietszche con Renan, con su esperanza en una nobleza intelectual, enemiga del populacho.

Brandes presenta a Nietszche con su propia visión crítica. En su ensayo destaca la importancia de Así habló Zaratustra; sin embargo, no comparte la opinión del autor en cuanto a valorarla como su obra maestra, pues le parece que no tiene la suficiente plasticidad; es monótono su discurso, aunque su estilo es sonoro; si algo admira en él es ese entreveramiento de logos y poesía. Es un libro claro por su alegría, pero oscuro por su lenguaje enigmático; un libro para temerarios, para “escaladores de montañas morales”.

No tenemos por qué dudar del buen juicio de Brandes, pero Zaratustra señala un momento decisivo en el pensamiento de Nietzsche: el de “sí” a la vida, a ésta y a ninguna otra, a lo que ofrece como posibilidad, como inventiva, allende la moral con su tumulto asfixiante de deberes; a la vida que irrumpe con su alegría, sus horrores, en las convenciones sepulcrales, en la rutina de un vivir con sus falsas certezas.

¿Qué atrajo a Brandes de la obra nietzscheana? Me atrevo a afirmar que su aliento romántico, pues, a despecho de su crítica al romanticismo, el discurso del alemán fluye dentro de esa gran corriente espiritual, aunque, como lo apunta Safransky, “Nietzsche de ninguna manera era un romántico en el sentido de un retorno al cristianismo, pero lo era por la forma en que entendía lo dionisíaco como centro de incitación de lo real. Lo mismo que los románticos, empeña su lanza contra la somnolencia de la moral convencional […] se siente impulsado también por la aspiración romántica de lo salvaje, a lo monstruoso […] no va en la dirección de la gran quietud, sino que se dirige a la aventura…”

¿Qué agradecerle a Brandes? Su lectura inteligente y serena que nos abre la puerta de la casa de los enigmas nietszcheanos, hecha de razón y sinrazón, de poesía y profecía; casa habitada por un Nietszche desgarrado en su aislamiento, en una misantropía de la que emana, paradójicamente, su grande amor a la humanidad, a ratos despectivo respecto de la plebe y de lo plebeyo, pero obstinado en su confianza de que la humana criatura sabrá, con su inmenso potencial, alcanzar otros horizontes, los del superhombre, no en un sentido biológico, sino moral, semilla de una civilización postcristiana, que, siendo futuro, a la par regresa a la comarca donde rigen los ideales de Dionisos, a ese reino de los sueños de su amada Grecia, la suya, pues que no hay una sola Grecia, sino tantas como las que cada quien elabora en su imaginación, aunque siempre sensual, alegre, trágica, la Grecia de los inconformes con una Europa que prepara sus armas para el sacrificio más cruento de la historia.

Y también hemos de agradecerle a Brandes haber dado pie a que Niezsche se mostrara de cuerpo entero, humano, en toda su grandeza y con sus debilidades, enfermizo, inseguro, pero también afable, agradecido, sencillo, capaz de dialogar, aunque sólo hasta cierto punto, con alguien que, en muchos aspectos, se perfila como superior a él, más cosmopolita, dispuesto siempre a aprender de los demás; un Nietzsche cuya lucidez se extravía en la noche de su propio desorden interior y llega a creer que pronto “el mundo se estremecerá convulsionado ante la gran debacle de la que soy factótum”, después de haberse definido a sí mismo como vir oscurissimus, como “bestia valiente” que navega a contracorriente, ignorado justamente porque intenta no sólo comprender, con pasión y angustia, una cultura enferma, decadente y, sin embargo, segura de sí misma, del progreso que representa.

Progreso falso, pues, dice Brandes, para él, “la magnitud de un progreso se mide por la importancia de los sacrificios que exige. Una higiene que mantiene vivos a millones de seres débiles e inútiles que hubieron debido morir, no es un progreso verdadero”.

La empresa editorial Sexto Piso ha puesto a nuestra disposición, en castellano, el ensayo de Brandes, las veintidós cartas que testimonian la amistad entre el erudito danés y el genio alemán, amén de un artículo necrológico de Brandes, fechado en 1900, año de la muerte de Niezsche, y una nota aclaratoria sobre los síntomas de los desvaríos nietzscheanos: defensa contra quienes pretendían ofuscar la gloria del genio y lamento: “¡Era terriblemente triste ver cómo en algunas semanas se había apagado la última chispa de su razón, y observar la manera en que un hombre genial, que no tiene semejante, se ha transformado en una pobre y lastimosa criatura”.

Brandes era sólo dos años mayor que Nietzsche y le sobrevivió veintisiete. Con seguridad esa breve amistad, lejana pero cálida, con el portento, deja en él una profunda huella espiritual, un dolor imborrable que inferimos del tono mismo de su “artículo necrológico”, alusivo a la tragedia de Nietzsche, a la ironía de su destino, pues “llegó la felicidad ansiada, golpeó su puerta, pero el desgraciado no respondió al encontrarse preso de sus alucinaciones”. ¿Qué fue lo que más admiró Brandes? “La grandiosidad de un estilo al que dedicó toda su vida”. Pero ¿en qué consistió tal grandiosidad? Me parece que no se refiere tanto a la escritura como a algo que está más allá, a ese fuego en el que se autoinmoló aquel hombre genial en su combate imposible contra toda una civilización envenenada por el espíritu cristiano; grandiosidad que es sacrificio, tan personal que sólo un iniciado pudo asumir.

Dudo, sin embargo, que Brandes se haya dejado tocar por ese fuego. Ya en sus cartas dejó constancia de aquello que lo apartaba de su amigo. Brandes era un librepensador, anticlerical, pero no un misógino; le chocaban ciertas filípicas nietzscheanas y se rehusaba a aceptar consideraciones que apenas valoraba como hipotéticas, pero expuestas con tal fuerza que podían seducir a algunas almas ya distraídas, ya desesperadamente anhelantes de una renovación moral. Mas a despecho de sus firmes convicciones intelectuales y políticas, Brandes se dio a la tarea de comprender y difundir una presencia que merecía la atención del mundo.

En Algún Día│Friedrich Nietzsche.



Categorías:Artículos

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2 respuestas

  1. Me robo la frase “la magnitud de un progreso se mide por la importancia de los sacrificios que exige. Una higiene que mantiene vivos a millones de seres débiles e inútiles que hubieron debido morir, no es un progreso verdadero” y me cuelgo de ella para entender la raíz del tiempo que Brandes y Nietzsche vivieron. Un tiempo brutal, lleno de cuestionamientos y sin embargo tan prolífico y contestatario. Me impresiona la amistad más allá de los mitos, la contextualización de las ideas, más allá de las epopeyas. Muy, pero muy interesante artículo. Muchas gracias.

  2. Awesome – very great subject. I’m goin to blog about it too!!

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